La vorágine en la 31 Bienal Nacional de Artes era inevitable, en esta ocasión el ruido conceptualizado quedó como endoso de la urgencia.
El Museo de Arte Moderno nos invitó hace ya unos años a repensar lo que éramos (Foro consultivo “Repensar la Bienal Nacional de Artes Visuales”) (Panel “Repensar la colección del MAM”) año 2014, el tiempo ha pasado y la crisis de la bienal sigue condenada a la carencia y a la bruma que genera la incidencia del museo como eje estructural del concurso.
El rol que ha desempeñado nuestro museo en las últimas décadas, abre innumerables interrogantes acerca de la transformación del modelo de gestión que debe practicarse en torno a las ideas y acciones que contribuyan a una reconfiguración histórica-visual, que responda a nuevos modelos museográficos y curatoriales con un mayor sentido de contemporaneidad.
Para la 31 Bienal reciente inaugurada, la urgencia acorralada por la falta de tiempo, fue la salida predilecta para un sistema administrativo y de gestión cultural que no logra vincular su función institucional con los aspectos fundamentales en la relación con los artistas. Aquí recae la imposibilidad de realizar una labor de actualización de las bases que rigen el certamen, y que durante años ha dado cabida a la legitimación de la queja, a la poca claridad, pero sobre todo a resguardar lo insólito en laberintos filosóficos bajo un esquema de argumentos “ego cuentistas”. La urgencia con doble carril, permitió desarrollar la distracción y agudizar la crisis, no solo de un concurso en el cual todos pretenden ser premiados, sino del arte dominicano en sí mismo, como herramienta para la construcción de identidad.
Esta vez en el guion mediático no se incluyó el gran premio, que tocó a Lucía Méndez de forma inesperada, pero que era el premio pendiente de toda una generación, otro ejemplo de las cuotas grupales. Lucía una artista de oficio y taller, entusiasta sin poses que ha demostrado durante toda su carrera que la consistencia y honestidad son el mejor parámetro para la “autodefensa”, que por suerte para ella esta vez no fue necesaria. “Ritual de Sanación” que el laudo define como una obra de “profundidad simbólica, impecable resolución formal y capacidad de conmover y resignificar” será la portada documental de una bienal que pide ser replanteada de forma profunda donde intervengan equipos de profesionales que faciliten otra narrativa, y más que apuntar a la memoria coyuntural permitan incorporar propuestas que provoquen actuar sobre otras formas de lo posible.
Algunas obras que merecieron mi atención:
Huerfanita 174 – Cristobal Rodríguez
Oniré reino unificado – Francisco Sánchez
Mampara Nacional de Simulación en Tierra de Nadiea – Miguel Ramírez
Estado del tiempo en el Caribe – Ángek Urrely
Cenotafio – Ana María Nardo
Rituales de Hilo – Ed Vásquez
Lo Arranqué de Raíz – Ramsés Mejía
POR ALESCAR ORTIZ
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La vorágine en la 31 Bienal Nacional de Artes era inevitable, en esta ocasión el ruido conceptualizado quedó como endoso de la urgencia.
El Museo de Arte Moderno nos invitó hace ya unos años a repensar lo que éramos (Foro consultivo “Repensar la Bienal Nacional de Artes Visuales”) (Panel “Repensar la colección del MAM”) año 2014, el tiempo ha pasado y la crisis de la bienal sigue condenada a la carencia y a la bruma que genera la incidencia del museo como eje estructural del concurso.
El rol que ha desempeñado nuestro museo en las últimas décadas, abre innumerables interrogantes acerca de la transformación del modelo de gestión que debe practicarse en torno a las ideas y acciones que contribuyan a una reconfiguración histórica-visual, que responda a nuevos modelos museográficos y curatoriales con un mayor sentido de contemporaneidad.

Para la 31 Bienal reciente inaugurada, la urgencia acorralada por la falta de tiempo, fue la salida predilecta para un sistema administrativo y de gestión cultural que no logra vincular su función institucional con los aspectos fundamentales en la relación con los artistas. Aquí recae la imposibilidad de realizar una labor de actualización de las bases que rigen el certamen, y que durante años ha dado cabida a la legitimación de la queja, a la poca claridad, pero sobre todo a resguardar lo insólito en laberintos filosóficos bajo un esquema de argumentos “ego cuentistas”. La urgencia con doble carril, permitió desarrollar la distracción y agudizar la crisis, no solo de un concurso en el cual todos pretenden ser premiados, sino del arte dominicano en sí mismo, como herramienta para la construcción de identidad.
Esta vez en el guion mediático no se incluyó el gran premio, que tocó a Lucía Méndez de forma inesperada, pero que era el premio pendiente de toda una generación, otro ejemplo de las cuotas grupales. Lucía una artista de oficio y taller, entusiasta sin poses que ha demostrado durante toda su carrera que la consistencia y honestidad son el mejor parámetro para la “autodefensa”, que por suerte para ella esta vez no fue necesaria. “Ritual de Sanación” que el laudo define como una obra de “profundidad simbólica, impecable resolución formal y capacidad de conmover y resignificar” será la portada documental de una bienal que pide ser replanteada de forma profunda donde intervengan equipos de profesionales que faciliten otra narrativa, y más que apuntar a la memoria coyuntural permitan incorporar propuestas que provoquen actuar sobre otras formas de lo posible.
Algunas obras que merecieron mi atención:
Huerfanita 174 – Cristobal Rodríguez
Oniré reino unificado – Francisco Sánchez
Mampara Nacional de Simulación en Tierra de Nadiea – Miguel Ramírez
Estado del tiempo en el Caribe – Ángek Urrely
Cenotafio – Ana María Nardo
Rituales de Hilo – Ed Vásquez
Lo Arranqué de Raíz – Ramsés Mejía
POR ALESCAR ORTIZ
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