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Annabelle Aquino y el oficio de transformarse en otros

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Hay vocaciones que no irrumpen, sino que se van definiendo con el tiempo. En el caso de Annabelle Aquino comenzó casi sin darse cuenta, entre viajes en carretera y dos discos de teatro musical que se alternaban como un ritual familiar: Los miserables y El fantasma de la ópera.

Hija de ingenieros, creció en una casa donde las artes no eran un destino profesional, pero sí una presencia constante. Entre clases de ballet, flamenco y sus primeros acercamientos al canto, fue encontrando un lenguaje propio hasta llegar a Jam Academy, donde integró por primera vez actuación, canto y baile.

Tenía nueve años cuando subió al escenario en Los aristogatos y entendió, con una claridad poco común a esa edad, que ese era su lugar.

Su formación continuó en República Dominicana, pero el horizonte se fue ampliando. A los diecisiete años dio el salto al teatro profesional local, mientras empezaba a trazar el camino que la llevaría fuera del país.

Eligió estudiar en el Reino Unido no solo por tradición, sino por una convicción: en el teatro musical, todo debe partir de la actuación. Cómo se canta y cómo se baila nace, para ella, de quién es el personaje.

Esa idea encontró su lugar en el Conservatorio Real de Escocia, donde se formó durante tres años y exploró el fenómeno de los actores músicos: intérpretes que actúan, cantan y, a la vez, ejecutan instrumentos en escena.

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Infografía

Aún sin agente y antes de graduarse, decidió audicionar para Los miserables. Lo que parecía improbable derivó en tres rondas de audición y, finalmente, en un contrato en el West End. Primero, como parte del elenco y segunda suplente de Cosette, aprendió el oficio sin la presión del protagonismo.

Luego, con la intuición afinada y en el momento preciso, audicionó para el papel y lo consiguió. Durante un año interpretó a Cosette, ese personaje que ya habitaba su imaginario desde la infancia.

Para Annabelle, construir un personaje es un ejercicio de inmersión: leer el texto original, analizar el libreto, comprender el contexto histórico y, sobre todo, escuchar lo que ocurre en escena.

Se define más actriz que cantante, aunque reconoce que en el teatro musical ambas dimensiones son inseparables. El canto —insiste— debe estar siempre informado por lo que atraviesa el personaje.

Hoy, entre audiciones y nuevos proyectos, también encuentra tiempo para volver a donde empezó: compartir con estudiantes, acompañar procesos creativos, devolver algo de lo aprendido. Porque, en el fondo, actuar no es solo transformarse en otro, sino descubrir —en ese tránsito— algo propio.

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