La importancia del relevo generacional para la supervivencia de los géneros musicales dominicanos

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El legado necesita nuevas voces para continuar.

Un género musical no se construye de un día para otro. Detrás de cada ritmo hay artistas que dedicaron años de su vida a crear, interpretar y mantener viva una expresión cultural. Pero también hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿qué ocurre cuando esos grandes referentes ya no estén?

El legado permanecerá. Las canciones seguirán sonando, las grabaciones continuarán disponibles y sus nombres formarán parte de la historia. Sin embargo, para que un género conserve su fuerza entre las nuevas generaciones necesita algo más: relevo.

Y ahí está, a mi entender, uno de los grandes desafíos de la música dominicana.

Durante años, la música urbana logró conectar de manera muy efectiva con una parte importante de la juventud. Muchos jóvenes encontraron en ella una vía para expresarse y, además, las nuevas herramientas digitales hicieron mucho más accesible el proceso de crear y difundir música.

Hoy basta con tener talento, una computadora o un teléfono y acceso a las plataformas digitales para comenzar a construir una audiencia. Esto no significa que hacer una carrera musical sea fácil, pero sí que las barreras de entrada son diferentes a las de otras épocas.

Mientras tanto, géneros tradicionales como la bachata y el merengue han tenido que encontrar nuevas formas de acercarse a quienes nacieron en una generación completamente digital.

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Un joven que observa a otro joven triunfar cantando bachata, merengue típico o cualquier otro género puede pensar: yo también puedo hacerlo. Esa posibilidad es fundamental para que una tradición musical no se convierta únicamente en un recuerdo de generaciones anteriores.

En la bachata parece estar ocurriendo algo interesante.

Después de varios años en los que nombres como Romeo Santos y Prince Royce dominaron buena parte de la conversación internacional sobre una nueva generación de bachateros, comienzan a aparecer rostros jóvenes que pueden aportar nuevas energías al género.

Uno de los casos que más me llama la atención es el de Dalvin La Melodía. Su historia representa precisamente el tipo de fenómeno que las redes sociales pueden producir cuando se combina talento, exposición y alguien dispuesto a apostar por un artista.

Dalvin comenzó a llamar la atención cantando bachatas de otros artistas y compartiendo sus interpretaciones en redes sociales. Lo que pudo quedarse simplemente como contenido para Internet terminó convirtiéndose en una oportunidad real para desarrollar una carrera.

Y eso tiene un valor que va más allá de un artista.

Cuando un joven ve a otro joven avanzar dentro de un género tradicional, el mensaje que recibe es que esa música todavía tiene espacio para él.

También han comenzado a llamar la atención figuras como Ronny Manuel, “El Chamaquito del Sonido”, y Rayni Rodríguez, cuyos acercamientos a la bachata han encontrado en las redes sociales una vitrina para darse a conocer.

Son historias diferentes, pero tienen algo en común: muestran que el talento puede aparecer en lugares inesperados y que las plataformas digitales pueden convertirse en una puerta de entrada para una nueva generación.

El caso del merengue típico resulta todavía más interesante.

En el Cibao existe una relación particularmente fuerte entre la juventud y este género. Durante años han surgido agrupaciones y músicos jóvenes que han encontrado en el típico una forma de expresión propia.

Figuras como Krisspy, El Prodigio, Robert Liriano, Jovanny Polanco y, posteriormente, proyectos como Urbanda, El Blachy, Rubio Acordeón y otras propuestas más recientes muestran que el género ha tenido capacidad para renovarse sin dejar de ser merengue típico.

Esa capacidad de renovación es precisamente la clave.

Un género no tiene que abandonar sus raíces para atraer a los jóvenes. Puede conservar su esencia y, al mismo tiempo, incorporar nuevas voces, nuevas propuestas, nuevas maneras de producir y nuevas formas de llegar al público.

Por eso considero que el relevo generacional no debe verse como una competencia entre generaciones.

Los artistas consagrados no tienen que desaparecer para que los jóvenes puedan entrar. Al contrario: pueden convertirse en maestros, abrirles espacios, colaborar con ellos, compartir escenarios y ayudarlos a construir sus propias carreras.

Wilfrido Vargas es un ejemplo importante de lo que puede significar convertirse en una especie de escuela para nuevas generaciones. Su trayectoria demuestra que un artista también puede dejar legado no solamente por sus canciones, sino por las oportunidades que ayuda a crear para quienes vienen detrás.

Lo mismo debería ocurrir con los grandes referentes de la bachata y de otros géneros dominicanos.

Porque una cosa es preservar una música y otra muy diferente es mantenerla viva.

Preservar significa cuidar lo que recibimos. Mantenerla viva significa conseguir que alguien más quiera recibirla, transformarla y continuarla.

La bachata, el merengue típico y el merengue tienen una historia demasiado grande como para depender únicamente de sus nombres históricos. El verdadero desafío está en conseguir que dentro de diez, veinte o treinta años existan nuevos artistas capaces de decir: esta música también es mía.

Ahí es donde el relevo deja de ser simplemente una cuestión de edades y se convierte en una necesidad cultural.

Porque el legado de nuestros grandes artistas ya está construido. Lo que nos corresponde ahora es procurar que la próxima generación tenga las herramientas, los espacios y las oportunidades para continuar escribiendo esa historia.

Un género puede tener un pasado glorioso, pero necesita nuevas voces para seguir teniendo futuro.

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