RESUMEN
Analizando noticia… por favor espera.
La historia nos enseña varias manifestaciones de la misantropía en la política, como es el caso del presidente norteamericano Richard Nixon y su gabinete, donde la denominada “lista de enemigos“ y la cultura de espionaje hizo que sus asesores más cercanos empezaran a asumir que todos filtraban, traicionaban o jugaban doble.
La psicóloga Natalia Rojas explica que algunos misántropos desarrollan odio y desconfianza tras ser abusados o marginados de jóvenes. También destaca que otros son personas extremadamente sensibles que toman cada acción como un ataque personal (Rojas, 2020).
En la Unión Soviética Stalin operó siempre bajo la consigna de que todos, absolutamente todos, eran potenciales traidores, creándose un ambiente donde nadie confiaba en nadie. En 1953, la desconfianza de Stalin llegó a su propio círculo cuando ordenó arrestar a nueve médicos del Kremlin acusados de conspirar para envenenarlo. La paranoia fue tal que su jefe de la policía secreta, Viktor Abakumov, ya había caído preso en 1951 por “no desconfiar suficiente” de esos mismos médicos. El caso solo se desmontó tras la muerte de Stalin.
En el caso de Abraham Lincoln tenía un gabinete lleno de rivales políticos que lo depreciaban al inicio. Lo que evitó la misantropía fue que él separaba el ataque político de lo personal. Ángela Merkel, canciller alemana, era conocida por sus largas reuniones, datos encima de la mesa y por no humillar públicamente a su equipo.
Para muchos líderes la lealtad es medida por el silencio, ya que sus colaboradores prefieren esto a ser castigados por decir lo obvio. Para algunos colaboradores entra en juego lo que es “quedar bien y no mojarse”.
Un ejemplo claro de misantropía política en Cuba fue el “Proceso de la Microfracción” de 1968 contra Aníbal Escalante. Escalante era un comunista histórico del PSP que apoyó a Fidel desde la Sierra. Su delito no fue conspirar con armas, sino reunirse en privado con otros militantes para criticar que Fidel concentraba todo el poder y tomaba decisiones económicas sin consultar al Partido. Fidel lo vio como deslealtad personal. Lo acusó de traición, lo expulsó del Partido y lo condenó a 15 años de cárcel. El mensaje fue directo: en el círculo de Fidel, hasta los aliados ideológicos eran potenciales traidores si se atrevían a debatir.
En nuestro país la desconfianza entre los unos y los otros ha estado presente desde antes de la dictadura de Trujillo, en una época donde el país se dividía entre caudillos regionales, militares y hasta facciones familiares. El país no era gobernado por un solo presidente: Ulises Heureaux, Lilís, en el Cibao y luego Horacio Vásquez, mientras en el sur estaban los seguidores de Buenaventura Báez. Antes de Trujillo existieron tres principales bloques políticos: horacistas, jimenistas y Vasquecistas.
Trujillo, que fue un dictador en todo el sentido de la palabra, tuvo varias rupturas con personas de su círculo cercano y también con personas influyentes en la nación dominicana, como fue el caso del doctor Ramón de Lara; Sergio Bencosme, hijo del general Cipriano Bencosme, que fue una de las primeras víctimas del brazo largo de Trujillo; el caso de las hermanas Mirabal, que no eran de su círculo íntimo político pero sí de la élite regional de Salcedo. El caso de los conspiradores del ajusticiamiento del 30 de mayo de 1961, varios eran militares y civiles que habían servido o estado cerca del poder: Antonio Imbert Barrera, Antonio de la Maza, Amado García, Huáscar Tejeda, Pedro Livio Cedeño y Roberto Pastoriza.
Luego de la muerte de Trujillo el entonces presidente nominal Joaquín Balaguer, que había desempeñado varias funciones en el régimen, dividió con el pensamiento trujillista abriendo el régimen para evitar sanciones de la OEA y una intervención norteamericana, lo que produjo una ruptura con la familia del ejecutado dictador, en especial su hijo Ramfis, quien lo veía como un débil traidor que estaba entregando el país.
Luego de la caída del régimen trujillista el país pasó por la mano del presidente Balaguer, un consejo de estado presidido por Rafael Filiberto Bonnelly, Juan Bosch quien ganó las elecciones el 20 de diciembre de 1962, tomó posesión el 27 de febrero de 1963 y fue derrocado por un golpe militar el 25 de septiembre de 1963, Juan Bosch ganó con la promesa de hacer un gobierno democrático sin revanchas pero parte de la élite social y militar del país lo tildaban de comunista. Todo esto acompañado de un partido que no lo apoyaba en su totalidad.
Luego de Bosch nos gobernó un Triunvirato, primero presidido por Emilio de los Santos y luego por Donald Reid Cabral. La misantropía estaba en su ADN: no confiaban entre ellos. Cada decisión se filtraba con una pregunta: “¿esto favorece a Bosch?”. Por eso no toleraban ninguna manifestación, porque asumían que toda protesta era comunismo encubierto. La sospecha era su forma de gobernar.
Tras la Guerra de Abril de 1965 el país se partió en dos gobiernos paralelos que jamás se reconocieron como legítimos. Francisco Caamaño Deñó lideró el bando constitucionalista como Presidente Constitucional, mientras Antonio Imbert Barrera encabezó el Gobierno de Reconstrucción Nacional apoyado por Estados Unidos. Entre ellos no existió un gramo de confianza: Caamaño partía de que el Triunvirato nunca entregaría el poder a Bosch por las buenas, y Washington sostenía a Imbert porque veía a Bosch y a Caamaño como “fichas de Cuba”. Para cada bando, el otro no era adversario: era traidor.
En 1965 asumió Héctor García Godoy como presidente provisional, justo porque era el menos misántropo y podía hablar con ambos lados. Pero el daño ya estaba hecho. En las elecciones de 1966 volvió Joaquín Balaguer con el discurso de “orden”, montado sobre la desconfianza que la guerra había sembrado.
En el 1978 ganó las elecciones Antonio Guzmán Fernández, quien tuvo que lidiar con varias divisiones de su gobierno, comenzando con un estado lleno de balagueristas que saboteaban desde adentro, militares que no les respondían, su propio partido dividido entre guzmanistas y georgistas . Ante estas dificultades no optó por tomar represalias, sino que prefirió aislarse por momentos, prefirió durar tiempo para reunirse con su gabinete, creando un círculo pequeño de confianza e incluso comenzó a desconfiar de sus ministros más cercanos. Guzmán dudó de la clase política y de la gratitud de la gente. En el 1982 ya no creía en un cambio ni en una unidad que no fuese violenta. Faltando 43 días para entregar el poder, se suicido.
En el 1982 fue presidente el doctor Salvador Jorge Blanco, quien tuvo varios conflictos a lo interno de su partido, a quienes llegó a manifestar que le hacían oposición. En el 1988 volvió al poder el doctor Joaquín Balaguer y dos años después Jorge Blanco fue apresado por corrupción administrativa.
Balaguer gobernó desde 1986 hasta 1996, fruto de la división que vivía el Partido Revolucionario Dominicano durante estos años. Con ochenta años de edad, Balaguer nunca pensó en un delfín, tuvo un control absoluto del Partido Reformista Social Cristiano. El presidente Balaguer prefirió perder el poder antes de cederlo a alguien de su partido.
En el 1994, después del fraude denunciado por José Francisco Peña Gómez, firmó el pacto por la democracia reduciendo su gobierno por dos años y prohibiendo la reelección consecutiva. Al prohibir la reelección consecutiva se aseguró que él ni nadie del Partido Reformista Social Cristiano pudiera competir en el 1996.
En el 1996, Balaguer ante una segunda vuelta electoral prefirió apoyar a Leonel Fernández y no a Jacinto Peynado del Partido Reformista Social Cristiano, todo esto fruto de que Peynado no quiso llevar a Morales Troncoso de vice y además este tenía una mala relación con Guaroa Liranzo.
La misantropía política, entendida como la desconfianza sistemática del líder hacia todos los que le rodean, corroe la democracia desde adentro. Cuando quien gobierna parte de la idea de que cualquier colaborador es un traidor potencial, la lealtad se reduce al silencio y la obediencia ciega.
El debate interno desaparece porque decir lo obvio se vuelve un riesgo de castigo. Sin contrapesos ni voces críticas dentro del propio equipo, el gobierno pierde capacidad de corrección y las decisiones se toman en círculos cada vez más pequeños.
Los partidos dejan de formar sucesores porque el líder prefiere perder el poder antes que entregarlo a los suyos. Así, la institucionalidad se debilita: no hay continuidad de políticas, no hay transferencia de experiencia y cada relevo se convierte en una ruptura. La democracia termina secuestrada por el miedo y la sospecha.
El daño trasciende al Estado y se instala en la sociedad. Cuando la gente ve que ni siquiera dentro del gobierno existe confianza mínima, se normaliza el cinismo: la política se asume como un juego de traiciones donde “quedar bien y no mojarse” es la regla de supervivencia. Eso aleja al ciudadano capaz, desincentiva la participación y premia al mediocre leal por encima del técnico honesto. La administración pública se paraliza porque los funcionarios no ejecutan por temor a equivocarse, y la corrupción crece porque el único criterio de ascenso es no incomodar. A largo plazo, la sociedad aprende que no vale la pena creer en cambios sin violencia ni en proyectos colectivos, y ese es el peor mal: la resignación. Una democracia sin confianza no solo es ineficiente, es insostenible.
En los últimos años el país ha visto cómo los desacuerdos internos han fraccionado partidos que parecían monolíticos. El Partido Revolucionario Moderno, hoy en el poder, nace de la división del histórico Partido Revolucionario Dominicano en 2014, producto del enfrentamiento entre Miguel Vargas Maldonado y un grupo de dirigentes encabezados por Hipólito Mejía y Luis Abinader.
De igual manera, el Partido de la Liberación Dominicana se dividió en 2019 cuando Leonel Fernández, tras disputar las primarias, creó la Fuerza del Pueblo. La única diferencia entre ambas rupturas es que la de Leonel Fernández ocurrió con su partido controlando la Presidencia de la República.
La misantropía política no sólo tumba gobiernos. Tumba la esperanza de que se puede cambiar sin rompernos. Convierte la sospecha en ley y el miedo en costumbre. Así, poco a poco, nos convence de que confiar es ingenuidad y que todo proyecto colectivo nace muerto. El peor golpe no es perder el poder: es perder la fe en el otro.
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RESUMEN
Analizando noticia… por favor espera.
La historia nos enseña varias manifestaciones de la misantropía en la política, como es el caso del presidente norteamericano Richard Nixon y su gabinete, donde la denominada “lista de enemigos“ y la cultura de espionaje hizo que sus asesores más cercanos empezaran a asumir que todos filtraban, traicionaban o jugaban doble.
La psicóloga Natalia Rojas explica que algunos misántropos desarrollan odio y desconfianza tras ser abusados o marginados de jóvenes. También destaca que otros son personas extremadamente sensibles que toman cada acción como un ataque personal (Rojas, 2020).
En la Unión Soviética Stalin operó siempre bajo la consigna de que todos, absolutamente todos, eran potenciales traidores, creándose un ambiente donde nadie confiaba en nadie. En 1953, la desconfianza de Stalin llegó a su propio círculo cuando ordenó arrestar a nueve médicos del Kremlin acusados de conspirar para envenenarlo. La paranoia fue tal que su jefe de la policía secreta, Viktor Abakumov, ya había caído preso en 1951 por “no desconfiar suficiente” de esos mismos médicos. El caso solo se desmontó tras la muerte de Stalin.
En el caso de Abraham Lincoln tenía un gabinete lleno de rivales políticos que lo depreciaban al inicio. Lo que evitó la misantropía fue que él separaba el ataque político de lo personal. Ángela Merkel, canciller alemana, era conocida por sus largas reuniones, datos encima de la mesa y por no humillar públicamente a su equipo.
Para muchos líderes la lealtad es medida por el silencio, ya que sus colaboradores prefieren esto a ser castigados por decir lo obvio. Para algunos colaboradores entra en juego lo que es “quedar bien y no mojarse”.
Un ejemplo claro de misantropía política en Cuba fue el “Proceso de la Microfracción” de 1968 contra Aníbal Escalante. Escalante era un comunista histórico del PSP que apoyó a Fidel desde la Sierra. Su delito no fue conspirar con armas, sino reunirse en privado con otros militantes para criticar que Fidel concentraba todo el poder y tomaba decisiones económicas sin consultar al Partido. Fidel lo vio como deslealtad personal. Lo acusó de traición, lo expulsó del Partido y lo condenó a 15 años de cárcel. El mensaje fue directo: en el círculo de Fidel, hasta los aliados ideológicos eran potenciales traidores si se atrevían a debatir.
En nuestro país la desconfianza entre los unos y los otros ha estado presente desde antes de la dictadura de Trujillo, en una época donde el país se dividía entre caudillos regionales, militares y hasta facciones familiares. El país no era gobernado por un solo presidente: Ulises Heureaux, Lilís, en el Cibao y luego Horacio Vásquez, mientras en el sur estaban los seguidores de Buenaventura Báez. Antes de Trujillo existieron tres principales bloques políticos: horacistas, jimenistas y Vasquecistas.
Trujillo, que fue un dictador en todo el sentido de la palabra, tuvo varias rupturas con personas de su círculo cercano y también con personas influyentes en la nación dominicana, como fue el caso del doctor Ramón de Lara; Sergio Bencosme, hijo del general Cipriano Bencosme, que fue una de las primeras víctimas del brazo largo de Trujillo; el caso de las hermanas Mirabal, que no eran de su círculo íntimo político pero sí de la élite regional de Salcedo. El caso de los conspiradores del ajusticiamiento del 30 de mayo de 1961, varios eran militares y civiles que habían servido o estado cerca del poder: Antonio Imbert Barrera, Antonio de la Maza, Amado García, Huáscar Tejeda, Pedro Livio Cedeño y Roberto Pastoriza.
Luego de la muerte de Trujillo el entonces presidente nominal Joaquín Balaguer, que había desempeñado varias funciones en el régimen, dividió con el pensamiento trujillista abriendo el régimen para evitar sanciones de la OEA y una intervención norteamericana, lo que produjo una ruptura con la familia del ejecutado dictador, en especial su hijo Ramfis, quien lo veía como un débil traidor que estaba entregando el país.
Luego de la caída del régimen trujillista el país pasó por la mano del presidente Balaguer, un consejo de estado presidido por Rafael Filiberto Bonnelly, Juan Bosch quien ganó las elecciones el 20 de diciembre de 1962, tomó posesión el 27 de febrero de 1963 y fue derrocado por un golpe militar el 25 de septiembre de 1963, Juan Bosch ganó con la promesa de hacer un gobierno democrático sin revanchas pero parte de la élite social y militar del país lo tildaban de comunista. Todo esto acompañado de un partido que no lo apoyaba en su totalidad.
Luego de Bosch nos gobernó un Triunvirato, primero presidido por Emilio de los Santos y luego por Donald Reid Cabral. La misantropía estaba en su ADN: no confiaban entre ellos. Cada decisión se filtraba con una pregunta: “¿esto favorece a Bosch?”. Por eso no toleraban ninguna manifestación, porque asumían que toda protesta era comunismo encubierto. La sospecha era su forma de gobernar.
Tras la Guerra de Abril de 1965 el país se partió en dos gobiernos paralelos que jamás se reconocieron como legítimos. Francisco Caamaño Deñó lideró el bando constitucionalista como Presidente Constitucional, mientras Antonio Imbert Barrera encabezó el Gobierno de Reconstrucción Nacional apoyado por Estados Unidos. Entre ellos no existió un gramo de confianza: Caamaño partía de que el Triunvirato nunca entregaría el poder a Bosch por las buenas, y Washington sostenía a Imbert porque veía a Bosch y a Caamaño como “fichas de Cuba”. Para cada bando, el otro no era adversario: era traidor.
En 1965 asumió Héctor García Godoy como presidente provisional, justo porque era el menos misántropo y podía hablar con ambos lados. Pero el daño ya estaba hecho. En las elecciones de 1966 volvió Joaquín Balaguer con el discurso de “orden”, montado sobre la desconfianza que la guerra había sembrado.
En el 1978 ganó las elecciones Antonio Guzmán Fernández, quien tuvo que lidiar con varias divisiones de su gobierno, comenzando con un estado lleno de balagueristas que saboteaban desde adentro, militares que no les respondían, su propio partido dividido entre guzmanistas y georgistas . Ante estas dificultades no optó por tomar represalias, sino que prefirió aislarse por momentos, prefirió durar tiempo para reunirse con su gabinete, creando un círculo pequeño de confianza e incluso comenzó a desconfiar de sus ministros más cercanos. Guzmán dudó de la clase política y de la gratitud de la gente. En el 1982 ya no creía en un cambio ni en una unidad que no fuese violenta. Faltando 43 días para entregar el poder, se suicido.
En el 1982 fue presidente el doctor Salvador Jorge Blanco, quien tuvo varios conflictos a lo interno de su partido, a quienes llegó a manifestar que le hacían oposición. En el 1988 volvió al poder el doctor Joaquín Balaguer y dos años después Jorge Blanco fue apresado por corrupción administrativa.
Balaguer gobernó desde 1986 hasta 1996, fruto de la división que vivía el Partido Revolucionario Dominicano durante estos años. Con ochenta años de edad, Balaguer nunca pensó en un delfín, tuvo un control absoluto del Partido Reformista Social Cristiano. El presidente Balaguer prefirió perder el poder antes de cederlo a alguien de su partido.
En el 1994, después del fraude denunciado por José Francisco Peña Gómez, firmó el pacto por la democracia reduciendo su gobierno por dos años y prohibiendo la reelección consecutiva. Al prohibir la reelección consecutiva se aseguró que él ni nadie del Partido Reformista Social Cristiano pudiera competir en el 1996.
En el 1996, Balaguer ante una segunda vuelta electoral prefirió apoyar a Leonel Fernández y no a Jacinto Peynado del Partido Reformista Social Cristiano, todo esto fruto de que Peynado no quiso llevar a Morales Troncoso de vice y además este tenía una mala relación con Guaroa Liranzo.
La misantropía política, entendida como la desconfianza sistemática del líder hacia todos los que le rodean, corroe la democracia desde adentro. Cuando quien gobierna parte de la idea de que cualquier colaborador es un traidor potencial, la lealtad se reduce al silencio y la obediencia ciega.
El debate interno desaparece porque decir lo obvio se vuelve un riesgo de castigo. Sin contrapesos ni voces críticas dentro del propio equipo, el gobierno pierde capacidad de corrección y las decisiones se toman en círculos cada vez más pequeños.
Los partidos dejan de formar sucesores porque el líder prefiere perder el poder antes que entregarlo a los suyos. Así, la institucionalidad se debilita: no hay continuidad de políticas, no hay transferencia de experiencia y cada relevo se convierte en una ruptura. La democracia termina secuestrada por el miedo y la sospecha.
El daño trasciende al Estado y se instala en la sociedad. Cuando la gente ve que ni siquiera dentro del gobierno existe confianza mínima, se normaliza el cinismo: la política se asume como un juego de traiciones donde “quedar bien y no mojarse” es la regla de supervivencia. Eso aleja al ciudadano capaz, desincentiva la participación y premia al mediocre leal por encima del técnico honesto. La administración pública se paraliza porque los funcionarios no ejecutan por temor a equivocarse, y la corrupción crece porque el único criterio de ascenso es no incomodar. A largo plazo, la sociedad aprende que no vale la pena creer en cambios sin violencia ni en proyectos colectivos, y ese es el peor mal: la resignación. Una democracia sin confianza no solo es ineficiente, es insostenible.
En los últimos años el país ha visto cómo los desacuerdos internos han fraccionado partidos que parecían monolíticos. El Partido Revolucionario Moderno, hoy en el poder, nace de la división del histórico Partido Revolucionario Dominicano en 2014, producto del enfrentamiento entre Miguel Vargas Maldonado y un grupo de dirigentes encabezados por Hipólito Mejía y Luis Abinader.
De igual manera, el Partido de la Liberación Dominicana se dividió en 2019 cuando Leonel Fernández, tras disputar las primarias, creó la Fuerza del Pueblo. La única diferencia entre ambas rupturas es que la de Leonel Fernández ocurrió con su partido controlando la Presidencia de la República.
La misantropía política no sólo tumba gobiernos. Tumba la esperanza de que se puede cambiar sin rompernos. Convierte la sospecha en ley y el miedo en costumbre. Así, poco a poco, nos convence de que confiar es ingenuidad y que todo proyecto colectivo nace muerto. El peor golpe no es perder el poder: es perder la fe en el otro.
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