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La radio no morirá: ahora no solo se oye, también se ve

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Cada cierto tiempo aparece alguien dispuesto a extenderle un certificado de defunción a la radio. Primero fue la televisión. Después llegó Internet. Más tarde aparecieron las redes sociales, el streaming y los podcasts. Ahora tenemos inteligencia artificial. Y, sin embargo, la radio sigue ahí.

Esta reflexión volvió a mi memoria al escuchar al periodista salvadoreño Serafín Valencia Martínez, expresidente de la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), durante su conferencia “La radio del siglo XXI: cómo la tecnología y el Internet redefinen la comunicación sonora”, dictada en el marco del Diplomado Internacional en Periodismo Digital, auspiciado por el Instituto de Formación Gerencia y Liderazgo Americano (IFGLA), que me honro en haber fundado, y dirigida a estudiantes de Colombia, El Salvador, Guatemala, México y República Dominicana.

Valencia Martínez planteó una interrogante que sirve perfectamente para abrir el debate: ¿está muriendo la radio? Pienso que estamos formulando mal la pregunta.

La radio no está desapareciendo. Está mutando. Y esa diferencia es fundamental para comprender lo que está ocurriendo con uno de los medios de comunicación de mayor influencia social durante más de un siglo.

Desde los estudios de James Clerk Maxwell y Heinrich Hertz sobre las ondas electromagnéticas, pasando por los aportes de Nikola Tesla, Guglielmo Marconi y otros protagonistas del desarrollo de las comunicaciones inalámbricas, la historia de la radio ha estado estrechamente vinculada con la innovación tecnológica.

Pasamos de la radiotelegrafía a la transmisión de la voz; de ahí a la radiodifusión y, posteriormente, a la amplitud modulada (AM) y la frecuencia modulada (FM). Hoy vivimos otra transición: del dial al algoritmo, de la antena al Internet y de la transmisión exclusivamente sonora a la comunicación multimedia.

Durante buena parte del siglo XX, escuchar radio significaba encender un receptor, mover el dial y encontrar una frecuencia. Además, había que escuchar el programa a la hora establecida por la emisora.

Sin embargo, el Internet cambió esas reglas. Hoy una persona puede escuchar una emisora dominicana mientras se encuentra en Nueva York, Madrid, Buenos Aires o cualquier otro lugar con acceso a Internet. Puede hacerlo desde un teléfono inteligente, una computadora, un automóvil conectado o un altavoz inteligente. Y si no escuchó el programa en vivo, posiblemente podrá encontrarlo después convertido en podcast.

Aquí encontramos una de las grandes transformaciones de nuestra época. La radio tradicional se desarrolló fundamentalmente mediante una programación lineal: cada contenido tenía una hora determinada. El podcast consolidó otra lógica: el contenido bajo demanda.

Ahora el oyente puede decidir qué quiere escuchar, cuándo y dónde. El investigador Richard Berry advertía ya en 2006 que el podcasting no debía entenderse simplemente como la combinación de audio, Internet y dispositivos portátiles, pues su desarrollo obligaba a reconsiderar las prácticas tradicionales de producción, distribución y consumo del contenido sonoro.

Dos décadas después, aquella reflexión adquiere todavía mayor relevancia. Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de la comunicación contemporánea: la radio no solo se oye ahora también se ve.

Entremos a cualquier plataforma digital y encontraremos cabinas de radio rodeadas de cámaras. Una entrevista transmitida por una emisora puede difundirse simultáneamente mediante plataformas de video y redes sociales. Después puede dividirse en pequeños segmentos que comienzan una segunda vida digital. Entonces, ¿dejó de ser radio?

No necesariamente. Los estudios de Henry Jenkins sobre convergencia mediática ayudan a comprender este fenómeno: los contenidos circulan entre distintas plataformas y las audiencias se desplazan con ellos. Por tanto, no estamos únicamente ante un cambio de aparatos; estamos frente a una transformación cultural en la manera de producir y consumir información.

Una entrevista puede comenzar en la radio, convertirse en video, publicarse como podcast, transformarse en una noticia escrita y terminar recorriendo las redes sociales en un clip de 45 segundos.

Ahí está la verdadera mutación.

Valencia Martínez, reconocido catedrático, periodista y apasionado radialista salvadoreño, hizo durante su conferencia una exhortación que considero esencial: no confundamos tecnología con periodismo.

La facilidad tecnológica trae consigo una tentación peligrosa: pensar que porque cualquier persona puede transmitir información, automáticamente está haciendo periodismo. Eso no es así.

Una cámara, un micrófono, una cuenta en una red social o una herramienta de inteligencia artificial no convierten automáticamente a nadie en periodista. La tecnología facilita la comunicación; el periodismo exige, además, método, responsabilidad, verificación y compromiso ético.

Las herramientas cambian, pero las responsabilidades profesionales permanecen. El periodista debe verificar. Debe contrastar fuentes. Está obligado a diferenciar información de opinión. Debe respetar la dignidad de las personas y tener suficiente humildad profesional para rectificar cuando se equivoca. Y, sobre todo, debe responder ante la sociedad por aquello que publica.

La inteligencia artificial hace todavía más urgente esta discusión. Hoy podemos transcribir entrevistas automáticamente, generar voces sintéticas, traducir audios, resumir documentos, editar sonidos y recibir asistencia para preparar guiones en cuestión de segundos. Es extraordinario. Pero también representa riesgos.

Una tecnología capaz de generar una voz prácticamente indistinguible de una voz humana real puede utilizarse también para fabricar declaraciones que nunca fueron pronunciadas. Por eso, la velocidad no puede sustituir la verificación y la automatización jamás debe convertirse en excusa para abandonar el criterio editorial.

Después de escuchar y analizar las reflexiones de Serafín Valencia Martínez, me atrevo a formular mi propio vaticinio: la radio no desaparecerá, pero cada vez se parecerá menos a la radio que conocimos desde sus orígenes, en la década de 1920, hasta el inicio de este siglo XXI.

Seguirá teniendo voz, música, sonido y silencio. Continuará acompañando al ciudadano mientras conduce, trabaja, estudia o descansa. Pero convivirá cada vez más con cámaras, plataformas digitales, podcasts, streaming, redes sociales y herramientas de inteligencia artificial.

Las fronteras entre radio, televisión, prensa digital y redes sociales serán cada vez menos rígidas. Por eso, la discusión verdaderamente importante no consiste en determinar si el podcast matará la radio. Tampoco si la inteligencia artificial sustituirá al locutor o si las plataformas digitales enterrarán definitivamente el viejo receptor.

La pregunta debería ser otra: ¿Qué clase de radio y qué clase de periodismo construiremos con las nuevas herramientas?

Mi respuesta es sencilla: debemos construir una radio tecnológicamente renovada y un periodismo capaz de aprovechar la inteligencia artificial, el streaming, los podcasts y las redes sociales sin renunciar a su esencia: verificar los hechos, contrastar las fuentes, respetar la dignidad humana y ejercer con responsabilidad ética. Porque las herramientas pueden cambiar la manera de hacer periodismo, pero nunca deberían sustituir sus principios.

Al final, regreso a una idea filosófica tan antigua como vigente: lo permanente es el cambio. Después de más de un siglo de transformaciones, la radio parece confirmarlo. Los aparatos cambian. Las plataformas cambian. Las audiencias cambian. Las formas de producir contenidos cambian. La radio también cambia. Y precisamente por eso sigue viva.

Por Alcedo Magarín
El autor es fundador del Instituto de Formación Gerencia y Liderazgo Americano (IFGLA), procurador fiscal del Distrito Nacional y especialista en Negociación y Mediación. Contacto:fegla1@gmail.com| Móvil: 829-877-3195

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