Las voces detrás del viaje sensorial de “Olivia y las nubes”
La cinematografía dominicana ha inscrito su nombre en los anales del arte internacional con “Olivia y las nubes”, una producción de animación artesanal y abstracta que desafía los cánones comerciales.
Tras alzarse con 17 galardones en escenarios como Málaga, Annecy, La Habana, Guadalajara, Fantaspoa y Locarno, coronados por el prestigioso Premio Platino, el largometraje dirigido por Tomás Pichardo y producido por Amelia del Mar y Fernando Santos se consolida como un hito indiscutible.
Detrás de las intermitencias visuales, las líneas en bruto y las metáforas botánicas que componen el filme, se esconde un elenco que no recurrió a la impostación, sino a sus propias verdades.
En un encuentro que navega entre la memoria histórica, la catarsis personal y la consagración técnica, los protagonistas de esta arquitectura sonora desglosan el proceso de creación de una obra que ha transformado la animación caribeña en un lenguaje universal.
El reflejo generacional
Para Elsa Núñez, pintora fundamental de las artes plásticas dominicanas y la voz de Olivia en su etapa adulta, el proyecto estuvo predestinado por los lazos de la memoria.
“Trajimos el primer Premio Platino a la República Dominicana, que vienen siendo como los Óscar de Iberoamérica” Fidia Peralta Actriz de Olivia y las Nubes “
“Amelia [del Mar] es nieta de mi maestro, Gilberto Hernández Ortega”, evoca Núñez con visible emoción. Recuerda que, a los 12 años, Bellas Artes la rechazó por no cumplir con la edad mínima, pero fue Hernández Ortega quien, tras verla llorar, la puso a dibujar una cabeza de David y validó su ingreso.
“Le debo mi carrera al abuelo de Amelia. Años después, ella fue a mi casa y me planteó el proyecto. Yo le dije: ‘Pero no, Amelia, yo no soy actriz’. Lo único que había hecho fue un papelito de esclava en España donde ni hablaba. Pero ella me insistió, me convenció, y surgió una química inmediata”.
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Elsa Núñez y Olga Valdez interpretan a Olivia en sus diferentes etapas en la cinta Olivia y las Nubes. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Esa química se consolidó al interactuar con Olga Valdez, encargada de interpretar a Olivia en su juventud, con quien Núñez descubrió un paralelismo casi místico. “Sentía que Olivia joven era yo misma en el pasado”, confiesa la pintora.
Núñez recurrió a las enseñanzas de su fallecido esposo, el actor y director Ángel Haché: “Él siempre les decía a sus alumnos: ‘Tienen que ser más orgánicos’. Al ver trabajar a Olga, pensé: ‘Esta niña es muy orgánica’, porque veía cómo se metía en el personaje”.
Por su parte, Valdez confiesa que la magnitud del éxito internacional fue una sorpresa que superó cualquier expectativa, aunque desde el inicio percibió el magnetismo de la obra.
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Olga Valdez dio vida a Olivia en la película Olivia y las Nubes. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
“Sinceramente, no lo esperaba. De pequeñita estudié pintura, y cuando supe de la conceptualización a través de los materiales y su enfoque tan sensorial, quedé encantada. Creo que nunca le había pedido tanto algo al universo. Cuando Tomás me enseñó el primer boceto —donde muchas partes eran solo líneas y movimientos en bruto— yo dije: ‘Uff, esto va a ser maravilloso'”.
La cabina como espacio de catarsis y dolor
El proceso de grabación de “Olivia y las nubes” exigió un desnudamiento emocional donde las vivencias personales de las actrices se convirtieron en el motor del guion.
Núñez conectó de inmediato con los pasajes más sombríos de la trama, vinculándolos con la pérdida de sus hermanos constitucionalistas durante la intervención norteamericana de 1965 y la muerte súbita de su esposo.
Relacioné por completo mi dolor con el de Olivia. Hubo una escena en particular que me estremeció: cuando Olivia busca a Ramón debajo de la cama y él ya está muerto… En ese momento yo me sentí buscando a mi hermano en su habitación; reviví exactamente lo que sufrí.
Mi pintura se volvió muy trágica tras la partida de mi esposo, reflejo de una época de mucha angustia familiar y nacional desde la tiranía de Trujillo. Todo eso lo relacioné con mi papel”, revela Elsa Núñez.
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Elenco de la cinta Olivia y las Nubes (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Para Olga Valdez, la experiencia también supuso una liberación personal de una relación pasada en la que no se sentía cómoda.
“Fue fácil conectar porque los seres humanos a veces aprendemos a amar de una manera egoísta; cuando las cosas no salen como queremos, tendemos a lastimar al otro. Para mí la película fue una catarsis para superar y dejar ir esos temas”, explica, subrayando que el filme ofrece un espacio universal para el autoperdón.
A nivel técnico, Valdez detalla el extenuante desafío de modular la evolución física del personaje a través de la voz, un proceso que se dividió en cuatro etapas bajo la dirección de la acting coach Kat Montes.
“Al principio, cuando Olivia es una planta, se escucha una voz muy ronca, pesada, que va cambiando a medida que crece hasta que se libera y adquiere una voz completa. El director nos pidió explorar sonidos extraños; tengo un reguero de notas de voz que le envié a Tomás que ahora digo: ‘Dios mío, por favor, que las desaparezca’. Salía del estudio con la garganta destruida”, ríe la actriz.
Recrear la violencia desde la empatía
La contraparte de este viaje la sostiene Héctor Aníbal, quien asume el rol de Ramón, un personaje complejo que transita por las dinámicas del control y el aislamiento.
El actor admite que el subtexto de la película —que aborda la depresión y situaciones ocultas tras la metáfora de una planta retenida en una maceta— fue el principal catalizador para sumarse al proyecto.
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Héctor Aníba dio vida a Ramón en la cinta Olivia y las Nubes. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
“El personaje de Ramón es difícil; ninguno de nosotros somos como él. Para interpretarlo tienes que ser empático y entender de dónde viene”, puntualiza Aníbal, quien recurrió a sus propios recuerdos de infancia, cuando la timidez lo hacía sentirse como un outsider al ser el alumno nuevo en el colegio.
El proceso de grabación en la cabina requirió una entrega física inusual para el cine de animación. Debido a que el director ya tenía la animación prácticamente terminada, los actores debían adaptar su interpretación a la métrica visual fija, un factor que inicialmente despertó inseguridades en Aníbal.
Sin embargo, el intenso trabajo de mesa previo transformó las limitaciones en fuerza interpretativa.
Tanto Valdez como Aníbal recuerdan la dureza de la escena donde la maceta se rompe y Olivia finalmente se emancipa.
“Lo hicimos físicamente para que se transmitiera la fuerza en la voz: él me agarraba físicamente en la cabina y yo intentaba soltarme. Al hacer una película que trabaja las emociones a flor de piel, el contacto humano es vital”, narra Valdez.
Aníbal complementa el sentimiento.
“Esas escenas donde el maltrato está latente siempre me resultan muy difíciles. ¿Cómo le vas a hablar así a Olga? Da mucho cringe. Al principio ves a una persona que cuida una plantita, pero la realidad se va desnudando hasta que entiendes por qué Olivia debe marcharse: por la forma en que él la retiene en su casa”.
El actor conecta esta dinámica con la problemática social contemporánea en la República Dominicana.
“Esto conecta directamente con la realidad actual que vive el país: esa alarmante situación donde muchas veces se culpa a la mujer en los casos de violencia. Muestra cómo esos traumas te acompañan por siempre” Héctor Aníbal.
“Olivia seguía cargando con su Ramón de trapo abajo de la cama incluso después de haber escapado. Por eso considero que es una película muy necesaria para que la vean las nuevas generaciones. La clave está en educar a los niños para que tengan conciencia desde temprano sobre cuáles comportamientos no son adecuados”, enfatiza.
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Héctor Aníbal y Olga Valdez. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Un elenco conectado con la historia
El universo de “Olivia y las nubes” se enriquece gracias a una constelación de personajes periféricos que anclan la narrativa abstracta a la realidad de las relaciones cotidianas.
Para encarnar estas dinámicas, el elenco secundario atravesó un riguroso proceso de preparación. Fidia Peralta, quien da vida a Yudelkis, subraya el minucioso trabajo de campo previo coordinado por Kat Montes.
“Kat trabaja el coaching con una pasión increíble y se reunió con cada uno. Aunque te parecieras al personaje, ella te guiaba hacia el camino específico de la película. Por más buenos actores que seamos, necesitamos dirección y ver cómo otra persona percibe al personaje desde fuera”, detalla Peralta. Este proceso facilitó dinámicas de cocreación en los ensayos.
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Parte del elenco de Olivia y las Nubes durante su conversación con Diario Libre. (SAMIL MATEO)
“Yo recuerdo que quedé enamorada de todos los personajes cuando Tomás me hablaba de ellos. Invité a Dominique a mi casa, saqué a Fidia de mi cuerpo y entró Yudelkis. A Dominique (Bárbara) yo la manejaba en la dinámica de las escenas como la mayor de las dos, y todos esos ensayos hicieron que el rodaje fuera más fácil y divertido”.
Gracias a esta inmersión, Peralta logró estructurar a Yudelkis como un pilar fundamental dentro de la propuesta social del filme.
“Le aportó mucho a la cultura porque enseña lo que es el dominicano. Deja un mensaje muy bonito sobre la solidaridad, reflejado en esa amiga que ayuda a la otra a salir de una mala situación. Te dice que cuando tengas la oportunidad de salir de una situación difícil, arranques; eso es lo que hace Olivia”, analiza la actriz.
Lill Taveras, en el rol de Laura, expande esta visión de complejidad en las relaciones periféricas, describiendo a su personaje más allá del arquetipo superficial de la indiscreción.
“A mí me gustó mucho la idea de que es como esa amiga chismosa, diría uno. Pero, en realidad, ella asume un poco el rol de madre con Ramón porque le quiere dejar saber que no está solo. Era su manera de sentirse acompañada”, explica, destacando el juego vocal que le permitió el característico tono con el que llamaba a su compañero.
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Elenco de voces de la película Olivia y las Nubes. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Por su parte, Dominique Goris (Bárbara) relata cómo su propia complejidad personal la atrajo magnéticamente al proyecto desde las etapas iniciales de preproducción en redes sociales. “Tomás me hablaba de lo complicadas que son las relaciones humanas. Conecté tanto con su visión que disfruté muchísimo interpretarla; soy una persona muy colorida y también complicada”.
El contrapeso de la camaradería recae en César Calcagno, encargado de dar vida a Arturo, el amigo de Ramón. Proveniente del ámbito de las redes sociales, Calcagno abrazó la oportunidad como su primera incursión audiovisual, definiendo el filme con el ingenio popular dominicano.
“Para un dominicano común, la forma más fácil de describirla al principio sería decir: ‘¿Qué es lo que es esto?’. Era una fundidera de cabeza, pero es una forma bien bonita de recordar que el arte se puede expresar de varias formas. Yo le decía a Tomás: ‘Mira, tú estás fundido, pero en el buen sentido de la palabra'”.
Respecto a cómo la abstracción de la película afectó la ejecución vocal, Calcagno aclara que la naturaleza de su rol facilitó la interpretación:
“En mi caso, gracias a Dios, mi personaje se parecía mucho a mí. Era un ‘pana’ normal, así que no tuve que forzar mucho la voz. Simplemente tuve que entender su historia y su tono para entrar en el personaje”.
Al ser consultado sobre el impacto de enfrentarse a la pantalla grande sin haber conocido la totalidad de la animación durante el doblaje, es categórico: “Cuando vi el resultado final dije: ‘Bueno, manito, nos fuimos lejos’. La historia se entiende perfectamente y todos los personajes se comprenden”.
Un punto de inflexión para la industria dominicana
La recepción de la película no solo ha conmovido al público general, sino que ha generado una honda transformación en la percepción de la animación local, históricamente supeditada a los estándares comerciales de Hollywood.
“Animar tiene que ver con sentimientos, arte e interpretación subjetiva”, puntualiza Olga Valdez, quien alaba la valentía de los productores al defender la extensa y arriesgada secuencia inicial del filme ante las presiones de edición, así como la estrategia de Millíu Distribution al posicionar el largometraje en festivales de alto valor artístico.
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Elenco de Olivia y las Nubes se toman una selfie tras la entrevista con Diario Libre (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Para Elsa Núñez, la experiencia ha sido un catalizador para su propia disciplina plástica:
“Las transformaciones de personas a plantas son impresionantes. Viendo la película me surgieron ideas para obras en las que voy a trabajar próximamente, por esa mezcla de realidad e irrealidad. El cine dirigido por Tomás me ha dado una inspiración tremenda para nuevos lienzos”.
Asimismo, celebra el respeto absoluto a la identidad lingüística del país, recordando cuando el director insistió en mantener modismos locales como la frase “A mí no me gusta esa vaina”.
El impacto a largo plazo de este proyecto también se traduce en la narrativa de perseverancia. Tomás Pichardo dedicó nueve años de esfuerzo sostenido para materializar el filme, un testimonio que Lill Taveras utiliza como estandarte para las nuevas generaciones.
“A mis amigas, que les interesa la animación, les digo que ya no tienen que irse lejos; aquí se puede desarrollar ese talento. Vete, aprende, absorbe fuera si es necesario, pero vuelve y tráelo aquí. Como artistas, nos deja la enseñanza de que no hay que emigrar de forma definitiva para crecer”, apunta Taveras.
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Elenco de Olivia y las Nubes posan para Diario Libre. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Goris coincide plenamente con este sentimiento de resiliencia: “Para mí, Tomás ‘guayó la yuca’ porque esto no es fácil. La animación es un terreno muy virgen aquí y este logro es un orgullo para todos los dominicanos, incluso para el que no conecte con la película. El mayor mensaje es: cree en ti mismo”.
Héctor Aníbal visualiza Olivia y las nubes como la punta de lanza para los nuevos creadores, una inspiración palpable que constató recientemente al conversar con estudiantes de la Escuela de Diseño Altos de Chavón, institución donde el propio Pichardo impartió docencia a parte del equipo técnico.
“A mí me recordó a cuando yo era un niño y vi ‘Cocodrilo Dundee II’, donde salía el actor dominicano Juan Fernández; en ese momento pensé: ‘¡Ofrézcome, entonces se puede!’. Eso mismo está provocando esta película en los estudiantes. El gancho radica en que presenta nuestra dominicanidad de una forma profundamente artística y sincera: ahí está nuestra bachata, nuestros colores y nuestra forma de hablar”.
Ya nadie puede decir que el cine dominicano es solo comedia. Nuestra industria es joven, apenas llevamos poco más de una década al amparo de la Ley de Cine, pero se están logrando cosas impresionantes”, afirma Aníbal, destacando el rol de dicha legislación en la creación de empleo y la apertura de escuelas universitarias especializadas.
El estallido del orgullo nacional y la defensa cultural
El viaje cinematográfico culmina con la consagración unánime en los Premios Platino, un triunfo sin precedentes que el elenco vivió con desbordante orgullo patrio. Valdez rememora el instante exacto del anuncio mientras cenaba en la zona de Novocentro:
“Pegué un grito tan fuerte que el guardia de seguridad se asustó y pensó que pasaba algo malo (risas). Me puse a llorar de la emoción. Que ganáramos significa que los demás países reconocieron el inmenso valor artístico del proyecto”.
Aníbal complementa este sentir: “Ver las imágenes de detrás de cámara y sentir cómo se levantaba el orgullo nacional fue impresionante. Saber que tuvimos la oportunidad de participar en un proyecto que conllevó tanto amor, tiempo y empeño me da una satisfacción enorme. Me hace sentir extremadamente orgulloso de ser dominicano”.
A pesar del júbilo internacional, el elenco es consciente del reto que enfrenta la producción frente a las audiencias masivas locales y los debates legislativos. Fidia Peralta argumenta con firmeza sobre la necesidad de valorar la evolución del séptimo arte en el país.
“Le demostramos al mercado internacional que aquí el cine, aunque sea una industria joven, está haciendo cosas interesantes que quizás ahora mismo no es lo que el público masivo acostumbra a consumir. El cine en República Dominicana está evolucionando. A veces pasa como con Jesús, que nunca fue profeta en su tierra; mucha gente aquí no valora nuestro cine porque piensa que no vale la pena, pero fuera del país se está hablando muy en serio de nosotros”.
“Trajimos el primer Premio Platino a la República Dominicana, que vienen siendo como los Óscar de Iberoamérica. Eso hay que aplaudirlo y hay que seguir abrazando nuestro cine, porque a través de él proyectamos nuestra cultura. Si el cine desaparece, desaparecerá también lo que somos como dominicanos”, advierte Peralta.
Esta postura se extiende hacia la preservación de los incentivos fiscales. “Totalmente, esto ya es un elogio internacional”, añade Peralta sobre el precedente que sienta la película para futuras propuestas no tradicionales.
“Tenemos un recorrido importante en festivales de peso y hemos ganado más de 16 premios, hay que decirlo con orgullo. República Dominicana estaba antes en el ojo del mundo, pero ahora con este proyecto entramos en sus mentes”.
“Agradecemos la oportunidad de que a través de las plataformas se vea lo que estamos haciendo los dominicanos en el cine, una industria que ha sido muy golpeada. Ojalá que, en lugar de tocar la Ley de Cine, la incentiven mucho más, porque esta legislación ha ayudado muchísimo a salvar nuestra cultura y ha permitido que el cine llegue a donde antes no podía. Que vengan más iniciativas que apoyen la cultura”.
Dominique Goris entrelaza el valor del filme con la identidad colectiva, destacando que el orgullo dominicano reside en apropiarse de su historia.
“En la película hay demasiado que abrazar de nuestra cultura. En mi caso particular, me habló mucho sobre el perdón y sobre reconocer que hay cosas o personas que tal vez nunca saldrán de nuestra cabeza porque fueron parte de nuestra historia, tal como Olivia ahora es parte de la nuestra. El dominicano es muy orgulloso de lo suyo; lo abrazamos y decimos con orgullo: ‘Soy dominicano'”.
Para Calcagno, la obra es un mensaje directo a la comunidad global: “Como dicen mis compañeras, no me dejaron nada (risas). Pero sí, “Olivia y las nubes” es una puerta abierta para el arte en la República Dominicana y una forma de decirle al mundo que en este pedacito de tierra hay mucho sentimiento, mucho arte y mucha gente con pasión”.
Lill Taveras concluye reflexionando sobre la madurez humana que aporta el relato: “A nivel de narrativa, a mí me deja el mensaje de que uno nunca sabe lo que está viviendo la persona a su alrededor. A veces alguien acciona de cierta manera y uno piensa que está loco, pero en realidad tiene un universo de cosas ocurriéndole. Me gusta que la historia no se enfoca en un solo personaje; pasamos tiempo con Bárbara, con Ramón y vemos a Laura. Entendemos que la gente y la vida son complicadas”.
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Detrás de las intermitencias visuales, las líneas en bruto y las metáforas botánicas que componen el filme, se esconde un elenco que no recurrió a la impostación, sino a sus propias verdades.
En un encuentro que navega entre la memoria histórica, la catarsis personal y la consagración técnica, los protagonistas de esta arquitectura sonora desglosan el proceso de creación de una obra que ha transformado la animación caribeña en un lenguaje universal.
El reflejo generacional
Para Elsa Núñez, pintora fundamental de las artes plásticas dominicanas y la voz de Olivia en su etapa adulta, el proyecto estuvo predestinado por los lazos de la memoria.
“Trajimos el primer Premio Platino a la República Dominicana, que vienen siendo como los Óscar de Iberoamérica”Fidia PeraltaActriz de Olivia y las Nubes“
“Amelia [del Mar] es nieta de mi maestro, Gilberto Hernández Ortega”, evoca Núñez con visible emoción. Recuerda que, a los 12 años, Bellas Artes la rechazó por no cumplir con la edad mínima, pero fue Hernández Ortega quien, tras verla llorar, la puso a dibujar una cabeza de David y validó su ingreso.
“Le debo mi carrera al abuelo de Amelia. Años después, ella fue a mi casa y me planteó el proyecto. Yo le dije: ‘Pero no, Amelia, yo no soy actriz’. Lo único que había hecho fue un papelito de esclava en España donde ni hablaba. Pero ella me insistió, me convenció, y surgió una química inmediata”.
Elsa Núñez y Olga Valdez interpretan a Olivia en sus diferentes etapas en la cinta Olivia y las Nubes. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Esa química se consolidó al interactuar con Olga Valdez, encargada de interpretar a Olivia en su juventud, con quien Núñez descubrió un paralelismo casi místico. “Sentía que Olivia joven era yo misma en el pasado”, confiesa la pintora.
Núñez recurrió a las enseñanzas de su fallecido esposo, el actor y director Ángel Haché: “Él siempre les decía a sus alumnos: ‘Tienen que ser más orgánicos’. Al ver trabajar a Olga, pensé: ‘Esta niña es muy orgánica’, porque veía cómo se metía en el personaje”.
Por su parte, Valdez confiesa que la magnitud del éxito internacional fue una sorpresa que superó cualquier expectativa, aunque desde el inicio percibió el magnetismo de la obra.
Olga Valdez dio vida a Olivia en la película Olivia y las Nubes. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
“Sinceramente, no lo esperaba. De pequeñita estudié pintura, y cuando supe de la conceptualización a través de los materiales y su enfoque tan sensorial, quedé encantada. Creo que nunca le había pedido tanto algo al universo. Cuando Tomás me enseñó el primer boceto —donde muchas partes eran solo líneas y movimientos en bruto— yo dije: ‘Uff, esto va a ser maravilloso'”.
La cabina como espacio de catarsis y dolor
El proceso de grabación de “Olivia y las nubes” exigió un desnudamiento emocional donde las vivencias personales de las actrices se convirtieron en el motor del guion.
Núñez conectó de inmediato con los pasajes más sombríos de la trama, vinculándolos con la pérdida de sus hermanos constitucionalistas durante la intervención norteamericana de 1965 y la muerte súbita de su esposo.
Relacioné por completo mi dolor con el de Olivia. Hubo una escena en particular que me estremeció: cuando Olivia busca a Ramón debajo de la cama y él ya está muerto… En ese momento yo me sentí buscando a mi hermano en su habitación; reviví exactamente lo que sufrí.
Mi pintura se volvió muy trágica tras la partida de mi esposo, reflejo de una época de mucha angustia familiar y nacional desde la tiranía de Trujillo. Todo eso lo relacioné con mi papel”, revela Elsa Núñez.
Elenco de la cinta Olivia y las Nubes (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Para Olga Valdez, la experiencia también supuso una liberación personal de una relación pasada en la que no se sentía cómoda.
“Fue fácil conectar porque los seres humanos a veces aprendemos a amar de una manera egoísta; cuando las cosas no salen como queremos, tendemos a lastimar al otro. Para mí la película fue una catarsis para superar y dejar ir esos temas”, explica, subrayando que el filme ofrece un espacio universal para el autoperdón.
A nivel técnico, Valdez detalla el extenuante desafío de modular la evolución física del personaje a través de la voz, un proceso que se dividió en cuatro etapas bajo la dirección de la acting coach Kat Montes.
“Al principio, cuando Olivia es una planta, se escucha una voz muy ronca, pesada, que va cambiando a medida que crece hasta que se libera y adquiere una voz completa. El director nos pidió explorar sonidos extraños; tengo un reguero de notas de voz que le envié a Tomás que ahora digo: ‘Dios mío, por favor, que las desaparezca’. Salía del estudio con la garganta destruida”, ríe la actriz.
Recrear la violencia desde la empatía
La contraparte de este viaje la sostiene Héctor Aníbal, quien asume el rol de Ramón, un personaje complejo que transita por las dinámicas del control y el aislamiento.
El actor admite que el subtexto de la película —que aborda la depresión y situaciones ocultas tras la metáfora de una planta retenida en una maceta— fue el principal catalizador para sumarse al proyecto.
Héctor Aníba dio vida a Ramón en la cinta Olivia y las Nubes. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
“El personaje de Ramón es difícil; ninguno de nosotros somos como él. Para interpretarlo tienes que ser empático y entender de dónde viene”, puntualiza Aníbal, quien recurrió a sus propios recuerdos de infancia, cuando la timidez lo hacía sentirse como un outsider al ser el alumno nuevo en el colegio.
El proceso de grabación en la cabina requirió una entrega física inusual para el cine de animación. Debido a que el director ya tenía la animación prácticamente terminada, los actores debían adaptar su interpretación a la métrica visual fija, un factor que inicialmente despertó inseguridades en Aníbal.
Sin embargo, el intenso trabajo de mesa previo transformó las limitaciones en fuerza interpretativa.
Tanto Valdez como Aníbal recuerdan la dureza de la escena donde la maceta se rompe y Olivia finalmente se emancipa.
“Lo hicimos físicamente para que se transmitiera la fuerza en la voz: él me agarraba físicamente en la cabina y yo intentaba soltarme. Al hacer una película que trabaja las emociones a flor de piel, el contacto humano es vital”, narra Valdez.
Aníbal complementa el sentimiento.
“Esas escenas donde el maltrato está latente siempre me resultan muy difíciles. ¿Cómo le vas a hablar así a Olga? Da mucho cringe. Al principio ves a una persona que cuida una plantita, pero la realidad se va desnudando hasta que entiendes por qué Olivia debe marcharse: por la forma en que él la retiene en su casa”.
El actor conecta esta dinámica con la problemática social contemporánea en la República Dominicana.
“Esto conecta directamente con la realidad actual que vive el país: esa alarmante situación donde muchas veces se culpa a la mujer en los casos de violencia. Muestra cómo esos traumas te acompañan por siempre” Héctor Aníbal.
“Olivia seguía cargando con su Ramón de trapo abajo de la cama incluso después de haber escapado. Por eso considero que es una película muy necesaria para que la vean las nuevas generaciones. La clave está en educar a los niños para que tengan conciencia desde temprano sobre cuáles comportamientos no son adecuados”, enfatiza.
Héctor Aníbal y Olga Valdez. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Un elenco conectado con la historia
El universo de “Olivia y las nubes” se enriquece gracias a una constelación de personajes periféricos que anclan la narrativa abstracta a la realidad de las relaciones cotidianas.
Para encarnar estas dinámicas, el elenco secundario atravesó un riguroso proceso de preparación. Fidia Peralta, quien da vida a Yudelkis, subraya el minucioso trabajo de campo previo coordinado por Kat Montes.
“Kat trabaja el coaching con una pasión increíble y se reunió con cada uno. Aunque te parecieras al personaje, ella te guiaba hacia el camino específico de la película. Por más buenos actores que seamos, necesitamos dirección y ver cómo otra persona percibe al personaje desde fuera”, detalla Peralta. Este proceso facilitó dinámicas de cocreación en los ensayos.
Parte del elenco de Olivia y las Nubes durante su conversación con Diario Libre. (SAMIL MATEO)
“Yo recuerdo que quedé enamorada de todos los personajes cuando Tomás me hablaba de ellos. Invité a Dominique a mi casa, saqué a Fidia de mi cuerpo y entró Yudelkis. A Dominique (Bárbara) yo la manejaba en la dinámica de las escenas como la mayor de las dos, y todos esos ensayos hicieron que el rodaje fuera más fácil y divertido”.
Gracias a esta inmersión, Peralta logró estructurar a Yudelkis como un pilar fundamental dentro de la propuesta social del filme.
“Le aportó mucho a la cultura porque enseña lo que es el dominicano. Deja un mensaje muy bonito sobre la solidaridad, reflejado en esa amiga que ayuda a la otra a salir de una mala situación. Te dice que cuando tengas la oportunidad de salir de una situación difícil, arranques; eso es lo que hace Olivia”, analiza la actriz.
Lill Taveras, en el rol de Laura, expande esta visión de complejidad en las relaciones periféricas, describiendo a su personaje más allá del arquetipo superficial de la indiscreción.
“A mí me gustó mucho la idea de que es como esa amiga chismosa, diría uno. Pero, en realidad, ella asume un poco el rol de madre con Ramón porque le quiere dejar saber que no está solo. Era su manera de sentirse acompañada”, explica, destacando el juego vocal que le permitió el característico tono con el que llamaba a su compañero.
Elenco de voces de la película Olivia y las Nubes. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Por su parte, Dominique Goris (Bárbara) relata cómo su propia complejidad personal la atrajo magnéticamente al proyecto desde las etapas iniciales de preproducción en redes sociales. “Tomás me hablaba de lo complicadas que son las relaciones humanas. Conecté tanto con su visión que disfruté muchísimo interpretarla; soy una persona muy colorida y también complicada”.
El contrapeso de la camaradería recae en César Calcagno, encargado de dar vida a Arturo, el amigo de Ramón. Proveniente del ámbito de las redes sociales, Calcagno abrazó la oportunidad como su primera incursión audiovisual, definiendo el filme con el ingenio popular dominicano.
“Para un dominicano común, la forma más fácil de describirla al principio sería decir: ‘¿Qué es lo que es esto?’. Era una fundidera de cabeza, pero es una forma bien bonita de recordar que el arte se puede expresar de varias formas. Yo le decía a Tomás: ‘Mira, tú estás fundido, pero en el buen sentido de la palabra'”.
Respecto a cómo la abstracción de la película afectó la ejecución vocal, Calcagno aclara que la naturaleza de su rol facilitó la interpretación:
“En mi caso, gracias a Dios, mi personaje se parecía mucho a mí. Era un ‘pana’ normal, así que no tuve que forzar mucho la voz. Simplemente tuve que entender su historia y su tono para entrar en el personaje”.
Al ser consultado sobre el impacto de enfrentarse a la pantalla grande sin haber conocido la totalidad de la animación durante el doblaje, es categórico: “Cuando vi el resultado final dije: ‘Bueno, manito, nos fuimos lejos’. La historia se entiende perfectamente y todos los personajes se comprenden”.
Un punto de inflexión para la industria dominicana
La recepción de la película no solo ha conmovido al público general, sino que ha generado una honda transformación en la percepción de la animación local, históricamente supeditada a los estándares comerciales de Hollywood.
“Animar tiene que ver con sentimientos, arte e interpretación subjetiva”, puntualiza Olga Valdez, quien alaba la valentía de los productores al defender la extensa y arriesgada secuencia inicial del filme ante las presiones de edición, así como la estrategia de Millíu Distribution al posicionar el largometraje en festivales de alto valor artístico.
Elenco de Olivia y las Nubes se toman una selfie tras la entrevista con Diario Libre (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Para Elsa Núñez, la experiencia ha sido un catalizador para su propia disciplina plástica:
“Las transformaciones de personas a plantas son impresionantes. Viendo la película me surgieron ideas para obras en las que voy a trabajar próximamente, por esa mezcla de realidad e irrealidad. El cine dirigido por Tomás me ha dado una inspiración tremenda para nuevos lienzos”.
Asimismo, celebra el respeto absoluto a la identidad lingüística del país, recordando cuando el director insistió en mantener modismos locales como la frase “A mí no me gusta esa vaina”.
El impacto a largo plazo de este proyecto también se traduce en la narrativa de perseverancia. Tomás Pichardo dedicó nueve años de esfuerzo sostenido para materializar el filme, un testimonio que Lill Taveras utiliza como estandarte para las nuevas generaciones.
“A mis amigas, que les interesa la animación, les digo que ya no tienen que irse lejos; aquí se puede desarrollar ese talento. Vete, aprende, absorbe fuera si es necesario, pero vuelve y tráelo aquí. Como artistas, nos deja la enseñanza de que no hay que emigrar de forma definitiva para crecer”, apunta Taveras.
Elenco de Olivia y las Nubes posan para Diario Libre. (SAMIL MATEO DOMINICCI)
Goris coincide plenamente con este sentimiento de resiliencia: “Para mí, Tomás ‘guayó la yuca’ porque esto no es fácil. La animación es un terreno muy virgen aquí y este logro es un orgullo para todos los dominicanos, incluso para el que no conecte con la película. El mayor mensaje es: cree en ti mismo”.
Héctor Aníbal visualiza Olivia y las nubes como la punta de lanza para los nuevos creadores, una inspiración palpable que constató recientemente al conversar con estudiantes de la Escuela de Diseño Altos de Chavón, institución donde el propio Pichardo impartió docencia a parte del equipo técnico.
“A mí me recordó a cuando yo era un niño y vi ‘Cocodrilo Dundee II’, donde salía el actor dominicano Juan Fernández; en ese momento pensé: ‘¡Ofrézcome, entonces se puede!’. Eso mismo está provocando esta película en los estudiantes. El gancho radica en que presenta nuestra dominicanidad de una forma profundamente artística y sincera: ahí está nuestra bachata, nuestros colores y nuestra forma de hablar”.
Ya nadie puede decir que el cine dominicano es solo comedia. Nuestra industria es joven, apenas llevamos poco más de una década al amparo de la Ley de Cine, pero se están logrando cosas impresionantes”, afirma Aníbal, destacando el rol de dicha legislación en la creación de empleo y la apertura de escuelas universitarias especializadas.
El estallido del orgullo nacional y la defensa cultural
El viaje cinematográfico culmina con la consagración unánime en los Premios Platino, un triunfo sin precedentes que el elenco vivió con desbordante orgullo patrio. Valdez rememora el instante exacto del anuncio mientras cenaba en la zona de Novocentro:
“Pegué un grito tan fuerte que el guardia de seguridad se asustó y pensó que pasaba algo malo (risas). Me puse a llorar de la emoción. Que ganáramos significa que los demás países reconocieron el inmenso valor artístico del proyecto”.
Aníbal complementa este sentir: “Ver las imágenes de detrás de cámara y sentir cómo se levantaba el orgullo nacional fue impresionante. Saber que tuvimos la oportunidad de participar en un proyecto que conllevó tanto amor, tiempo y empeño me da una satisfacción enorme. Me hace sentir extremadamente orgulloso de ser dominicano”.
A pesar del júbilo internacional, el elenco es consciente del reto que enfrenta la producción frente a las audiencias masivas locales y los debates legislativos. Fidia Peralta argumenta con firmeza sobre la necesidad de valorar la evolución del séptimo arte en el país.
“Le demostramos al mercado internacional que aquí el cine, aunque sea una industria joven, está haciendo cosas interesantes que quizás ahora mismo no es lo que el público masivo acostumbra a consumir. El cine en República Dominicana está evolucionando. A veces pasa como con Jesús, que nunca fue profeta en su tierra; mucha gente aquí no valora nuestro cine porque piensa que no vale la pena, pero fuera del país se está hablando muy en serio de nosotros”.
“Trajimos el primer Premio Platino a la República Dominicana, que vienen siendo como los Óscar de Iberoamérica. Eso hay que aplaudirlo y hay que seguir abrazando nuestro cine, porque a través de él proyectamos nuestra cultura. Si el cine desaparece, desaparecerá también lo que somos como dominicanos”, advierte Peralta.
Esta postura se extiende hacia la preservación de los incentivos fiscales. “Totalmente, esto ya es un elogio internacional”, añade Peralta sobre el precedente que sienta la película para futuras propuestas no tradicionales.
“Tenemos un recorrido importante en festivales de peso y hemos ganado más de 16 premios, hay que decirlo con orgullo. República Dominicana estaba antes en el ojo del mundo, pero ahora con este proyecto entramos en sus mentes”.
“Agradecemos la oportunidad de que a través de las plataformas se vea lo que estamos haciendo los dominicanos en el cine, una industria que ha sido muy golpeada. Ojalá que, en lugar de tocar la Ley de Cine, la incentiven mucho más, porque esta legislación ha ayudado muchísimo a salvar nuestra cultura y ha permitido que el cine llegue a donde antes no podía. Que vengan más iniciativas que apoyen la cultura”.
Dominique Goris entrelaza el valor del filme con la identidad colectiva, destacando que el orgullo dominicano reside en apropiarse de su historia.
“En la películahay demasiado que abrazar de nuestra cultura. En mi caso particular, me habló mucho sobre el perdón y sobre reconocer que hay cosas o personas que tal vez nunca saldrán de nuestra cabeza porque fueron parte de nuestra historia, tal como Olivia ahora es parte de la nuestra. El dominicano es muy orgulloso de lo suyo; lo abrazamos y decimos con orgullo: ‘Soy dominicano'”.
Para Calcagno, la obra es un mensaje directo a la comunidad global: “Como dicen mis compañeras, no me dejaron nada (risas). Pero sí, “Olivia y las nubes” es una puerta abierta para el arte en la República Dominicana y una forma de decirle al mundo que en este pedacito de tierra hay mucho sentimiento, mucho arte y mucha gente con pasión”.
Lill Taveras concluye reflexionando sobre la madurez humana que aporta el relato: “A nivel de narrativa, a mí me deja el mensaje de que uno nunca sabe lo que está viviendo la persona a su alrededor. A veces alguien acciona de cierta manera y uno piensa que está loco, pero en realidad tiene un universo de cosas ocurriéndole. Me gusta que la historia no se enfoca en un solo personaje; pasamos tiempo con Bárbara, con Ramón y vemos a Laura. Entendemos que la gente y la vida son complicadas”.
Con gratitud hacia Tomás Pichardo, Amelia del Mar, Fernando Santos y todo el equipo técnico, el elenco celebra haber dejado una huella indeleble.
“Olivia y las nubes” se despide de los micrófonos, pero su eco permanece en las pantallas del mundo, demostrando que la identidad dominicana puede narrarse a través de la vanguardia, la poesía visual y la verdad desnuda de sus voces.