Feria de Fallas: cuando la suerte la carga el viento

Cargaba la suerte el viento. La llevaba a su centro de gravitación haciendo un guiño a Pepe Alameda. Echaba la pata ‘p’alante’ con desparpajo y grandeza. Sin despeinarse. Para desmelenar sólo a los toreros. Infernal Eolo. Ni diez mociones de Tamames lo hubiesen parado. Imposible su gobierno. Contaban los viejos aficionados que no era una tarde mejor que aquella suspendida en el 95, con Ortega Cano en el cartel. No hubo ayer cancelación alguna y los toreros, de oro y de plata, tiraron de arrestos para torear al dios de los vientos. Qué toro más cansino y malo. Más pesado que tres cenas seguidas de cuñados. Y qué trapío el suyo, soplador de proa y de popa. Frente a él, tres marineros en tierra en una jornada desapacible y marcada por el duelo. De negro riguroso el capote de paseo de El Juli . De luto por la muerte de Daniel Ruiz, uno de sus ganaderos predilectos y su amigo. Se le notaba en el rictus la pena por la pérdida. Al cielo brindó un castaño apretadísimo, bajo y hechurado, que se dolió mucho en banderillas. Berreaba Regocijo y protestaba mucho. Resoplaba el madrileño, muy incómodo frente a las oleadas del jandilla, cada vez más descompuesto, y de Eolo, cada vez más machacón. De un espadazo contrario lo fulminó. Al toro extremeño, que el toro marcado con el hierro del martirio aguantó vivo todo el sexteto. ¡Menudo era! Manzanares, en un pase de pecho al segundo r. Solsona Se llevó Manzanares la mano derecha al corazón, hundió el mentón en su rezo íntimo, se santiguó y besó la medalla del corbatín tres veces. Hasta dar la orden al torilero: «Adelante». Y por chiqueros salió un animal que se tapaba por la capa. «Exigimos toros de primera», clamaban los aficionados de la ‘naya’ alta. Poco contentos estaban con la presencia de Tirano. Pero menos contento se hallaba Manzanares con esa ventolera que le impedía domeñar el capote, jadeante como las sábanas de ‘Las bodas del aire’. Buscó el refugio del 10 y empapó la muleta de agua, pero aquella corriente atmosférica se revolvía criminal. Un ovillo era la muleta, anudada al mástil del palillo cual bandera de playa roja. Menos mal que Tirano poseía una nobleza y una obediencia que ni perdería al tocar las telas. Un esfuerzo hizo el alicantino, que peleaba más contra las ráfagas que contra el toro. Frente a la puerta grande acabaría desarrollándose la contienda, con una última serie diestra muy rotunda, reduciendo la humillada embestida del notable ejemplar de Borja Domecq. La efectiva estocada le entregó la cuarta oreja de su feria. Noticia Relacionada Feria de Fallas estandar Si Manzanares y Talavante: el triunfo de dos toreros desatados Rosario Pérez Reaparecía Castella en España, pero al gallo francés le tocó un lote sin plumas. Todas se las llevaron Manzanares y Talavante, que volaron por la puerta grande de Valencia Tomás Rufo, dueño del otro trofeo, tiró de truco para dominar la tela fucsia: con una mano la agarraba cerca de la esclavina; con la otra, por la punta. Hasta lograr el saludo más armónico. Fenomenal su cuadrilla, que dejó el ambiente elevado en banderillas. El de Pepino tampoco venía a pasar el rato y tomarse un café con Eolo. Todo lo contrario: se marchó a los medios y le plantó cara. Curiosamente, hubo cierta calma. Calma de Ilusionista, como el bautismo del jandilla. Que humillaba y repetía, con el defecto de reponer a veces por no sobrarle las fuerzas. Pero con fondo y cositas buenas. Para paladear una ronda de tres derechazos, con una cadencia que acunaba la proyección del novel matador. Y otro trébol más, ahora de naturales, asentado y creyéndoselo. Tanto se extendió que en las manoletinas se anotó ya el aviso. Feria de Fallas Plaza de toros de Valencia. Sábado, 18 de marzo de 2023. Séptima corrida. Casi lleno. Toros de Jandilla, desiguales de presencia y juego. El Juli, de grosella y oro. Estocada contraria (silencio). En el cuarto, pinchazo y estocada trasera. Aviso (saludos). José María Manzanares, de carmelita y oro. Estocada desprenddia (oreja). En el quinto, once pinchazos y estocada. Dos avisos (silencio). Tomás Rufo, de tabaco y oro. Estocada corta baja. Aviso (oreja con petición de otra). En el sexto, tres pinchazos y estocada (ovación de despedida). Si alguien pensaba que El Juli se iba a aliviar en el siguiente después de ver un premio en el esportón de los otros, no conocía a El Juli. Qué lección de ambición con el toro más sosaina, de andares cuasi bueyunos y cuarto y mitad de viaje. Pues logró lo inverosímil: estirar el chicle en varios muletazos sentidos y gozados. Más que Mediodía embistió, pero tanto se alargó que el animal no colaboró nada en la hora final y el pinchazo enfrió los ánimos. Al borde de los tres avisos Muy desentendido el más serio quinto y muy pendiente de la lidia el viento. El tío no se perdía una. No estaban las cosas para confiarse mucho y Manzanares lo tocaba hacia fuera. Con elegancia y gustando. Que tiene mérito. Claro que el toro tenía sus teclas y se vencía. El dispuesto querer manzanarista desabotonó unos estupendos zurdazos, uno de pecho y un trincherazo crujido, ya con el animal rajado. Noticia fue su recital de pinchazos, en los que El Soro se durmió. Literalmente. A punto estuvo José María de que le enviaran a Rugidor al corral. Tomás Rufo, en el prólogo de rodillas al sexto toro de Jandilla Rober Solsona Dos centenares de paseíllos cumplían las dos figuras del cartel, aunque el que puso la plaza a doscientos por unos segundos fue Rufo con su bravo prólogo de rodillas al sexto –fantástico Revuelta a los palos–. Hubo un muletazo de eternidades al ralentí antes de ponerse en pie y buscar las vueltas con entrega y temple a un toro que le dejó estar pero al que le faltaba celo y empuje. Sólo el acero se interpuso en su foto por la puerta grande. Por allí se coló también el colosal Eolo. Qué tarde la suya. Así se carga la suerte. Ni Domingo Ortega, oiga.

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